Decimos que somos felices. Nos preguntan en una encuesta e inflamos el pecho: un 8.66 de satisfacción con la vida. En los municipios del interior del estado, el entusiasmo roza la locura: casi el 45% de la gente le pone un 10 absoluto a su existencia. Vivimos en el paraíso, o al menos eso nos gusta contarnos cuando tomamos aire.
Pero la poesía se rompe cuando encendemos el motor.
En Mérida, la devoción emocional por la ciudad es un idilio de 9.2 puntos... hasta que te subes al coche. Más de 170,000 personas pasan entre 1 y 3 horas diarias respirando humo y contemplando las defensas del auto de adelante. Es el tributo invisible al desarrollo: cambiamos paz mental por hora y media diaria de vida sacrificada en el periférico. La ciudad enamora en la foto, pero te cobra el alquiler en minutos de vida que jamás van a regresar.
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